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martes, 8 de diciembre de 2015

Esa maldita idea

Permítanme compartir un fugaz relato cargado de incoherencia.

Todo… todo, ¡sí todo! Todo empieza con una simple idea. Estás con tus cosas, ocupado, haciendo quién sabe qué y de repente… ¡Bum! Se acabó. Sí, se acabó. Fin de la historia. Esa idea, oh, esa maldita idea. Ya se ha metido en tu cabeza. Se ha adentrado en tus entrañas. Se ha apoderado de tu persona. Ingenua, ciega víctima estás hecha. ¡Cómo no pudiste darte cuenta! El abismo, el abismo se agranda. Dejas de distinguir qué hay bajo tus pies. Y es que por mucho que te esfuerces sólo ves oscuridad. Vacío. Súbitamente te precipitas en una interminable caída. Inconsciente de tu letal ignorancia prosigues con tu anodina y monótona vida. Pero… ¡sorpresa! Ya no es tu vida. Le pertenece a la idea. Oh, esa maldita idea. Tarde es cuando percibes lo que está ocurriendo dentro de tu cabeza. Levantarse cada mañana, tomar el desayuno, ir a trabajar, almorzar, cenar, dormir. Ya nada es lo mismo. El frío, el calor, la lluvia, el sol, las nubes. Ya nada es lo mismo. Sucumbes al horror, a la desesperación, a la desolación, a la insulsez, a la vacuidad. La nada se apodera de tu mirada así como esa maldita idea, ¡oh esa maldita idea! se apropia de tu persona. Eso, de tu persona. ¿Recuerdas que significaba aquello? Lo siento amigo, ya es tarde para ti. Para nosotros.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Sobre el vacío

Algo falla. No sé el que, pero algo falla. No lo entiendo. ¡Si todo marcha estupendamente! Tengo unos amigos geniales, una familia estupenda, un trabajo de ensueño y tiempo de sobras para mis aficiones. Mi vida social está en su máximo apogeo, ¡en su cumbre! ¿Qué ocurre? Noto que me falta algo. Joder, si se supone que debería ser feliz. Pero ¿qué necesito para llenar este vacío? Si es que, maldita sea, ¡lo tengo todo! Esta incongruencia me está arrastrando a la más ardua pesadumbre. Empiezo a perder el agrado por las cosas que hago. Levantarme cada mañana es una lucha diaria. A cada paso que doy mis pies pesan un poco más. Por favor…

Sobre el vacío. Ese desgraciado hueco que brota en medio de la plenitud y la consume poco a poco. El vacío, cuando la nada subsiste alimentándose del todo. El vacío, cuando la vacuidad ahoga el fuego de la vida. El vacío…

¿Un sentimiento? Quizás. ¿Una emoción? Puede. Qué más da. Está ahí y punto. Un día aparece, sin más. Sin llamar a la puerta se acomoda en lo más intrínseco de tu persona. Te recuerda que todo lo que tienes no es nada. Mero humo. Y te obliga a deambular sin sentido a través de los páramos de la insulsez, en busca del sentido. Pierdes el rumbo. Tus objetivos se confunden. Tus pretensiones, todo lo que querías o dejabas de querer, se vuelve borroso. Las preguntas te asaltan. ¿He sido demasiado materialista? ¿He sucumbido a la superficialidad? ¿Me he separado de mi meta? ¿No estoy llevando la vida que quiero?

     ¿Qué soy?

Ya sé qué es el vacío. Es una alarma. Un desesperado grito de la existencia. Un reclamo. La gran petición: vivir. Sí, sí. El vacío es el maestro que te muestra algo tan grandioso como la propia vida. Te enseña que está mucho más allá de lo que se pueda llegar a concebir. La realidad presente es un sueño. La única verdad es la vida misma. Existir. Nada más. Existir por y para el momento. Soltar las riendas y dejarse llevar por las corrientes de la subsistencia.

     Vivir, y punto.

¿El vacío? Lo pasarás mal. Tratarás de ignorarlo. Con todas tus fuerzas. Y, con todas tus fuerzas, fracasarás. Seguirá ahí hasta que le hagas caso. Le harás caso. Lo pasarás aún peor. Empero después de la tormenta ya no serás la misma persona. Algo en tu mirada habrá cambiado. Tu visión tendrá un alcance mucho más vasto que la del resto de individuos. Serás el conocedor de un secreto único y exclusivo.

     El vacío. La vida que pide vivir.


lunes, 23 de noviembre de 2015

Los malos días que son... ¿los mejores?


Es curioso: los días en los que mejor estoy, son al mismo tiempo los mejores y los peores. Más que curioso, paradójico, supongo. No es tan estúpido como aparenta a primera vista. Me explico. Considérese un buen día como aquél que presenta una absoluta carencia de preocupaciones, problemas, tristeza y confusiones injustificadas. Y que por el contrario contenga una buena carga de experiencias agradables. Una charla interesante con unos amigos, por poner un ejemplo. Dicho esto, ¿por qué habría que considerarlo el peor? Antes que nada cabría puntualizar la concepción de peor y mejor, sumamente relativa y abierta a ambigüedades digresivas. Los concebiremos como lo haría quien no se para a pensar en el abanico de interpretaciones que exhiben: dándoles el uso habitual y cuotidiano. Bien, volviendo al planteamiento. Un buen día que es el mejor y el peor simultáneamente. ¿En pocas palabras? No se aprende nada. No descubro nada nuevo en los días de supuesto agrado. Puedo pasármelo bien, sentirme feliz, alegre… y vacío. Y es que luego recuerdo los días “malos”. Esos días en los que me doy cuenta de la banalidad de la mayoría de cosas que hago. Esos días en los que me paro a pensar y veo el mundo de otro modo. Esos días que tanto sufrimiento comportan… y tanto conocimiento aportan. Tendré un buen día y me diré “¡Qué feliz soy!”. Pero en mi consciencia, el espacio reservado a la madurez se resentirá impotente.

No aborrezco los días que marchan bien, para nada. A quién voy a engañar, los prefiero mucho antes que esos en los que desearía desaparecer.  Pero suponen un valioso tiempo que, en cierto modo, pierdo. Me gusta progresar como persona. Podría incluso calificarlo como uno de mis objetivos vitales. Las buenas jornadas se alejan de tal misiva, lo que duramente se traduce en una pérdida de tiempo.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Sobre la confusión

No es fácil explicar cómo se da el paso de la más ridícula alegría al más oscuro estado de pesadumbre. Es, como poco, incoherente. Una sombría brizna de incomprensible tristeza nace sin avisar y antes de darte cuenta el pesimismo se apodera de tu ser. No estoy hablando de una flemática y previsible evolución anímica. Ya lo he dicho. Estoy hablando de una especie de suceso anónimo que ignora los parámetros de la lógica. Penosamente trato de describir como en un simple y estúpido instante se sucumbe a la más desesperante confusión. Ingente es la incredulidad que acompaña la sorpresa de presenciar el desplome de la realidad envolvente. Lo que parecía deja de parecer. La subjetividad ahoga a una impotente objetividad, que en su último suspiro abre las puertas de la vacuidad y la insulsez. La consciencia se resiente, desamparada en un abismo de inopia que no conoce fondo. Los raíles de la cordura abandonan el pasado y el presente, eliminando cualquier vestigio de su verosímil existencia. El pensamiento, ya en completa solitud, deambula sin rumbo por un vasto mar de dudas. Un simple y estúpido instante. Todo aquello que ingenuamente asegurabas. Todo aquello que creías saber. Todo lo que pensabas que eras. Todo pasa a ser nada. Y entonces te precipitas. 

No entiendes qué ocurre. No comprendes el cómo o el porqué. Al fin y al cabo sigues ahí, respirando. Ves las mismas cosas, oyes los mismos sonidos, sientes el mismo tacto. ¿Qué? ¡¿Qué está fallando?! Esa incertidumbre, esa extraña confusión te advierten de que algo ocurre. Y es ese paradójico saber sin saber que te arrastra a un indeseable desánimo. La introversión no tarda en guiar tus actos. Tu mirada traba amistad con el suelo. Cada paso que das parece que vaya a ser el último. Cada idea que brota de tu pensamiento se pierde en un laberinto de emociones sin sentido. 

Cada minuto que pasa estás un poco más cerca de la muerte y un poco más lejos de la vida. 

Una prueba de valor, un examen de fortaleza. De eso va la confusión. De hundir a los más débiles y ensalzar a los más fuertes. Los débiles se dejan abrazar por la autocompasión. Los fuertes vencen el miedo y escalan las paredes que encierran los últimos resquicios de su humanidad. Reordenan el manojo de pensamientos contradictorios. Recolocan los carriles de la cordura, listón a listón, si es necesario. Redescubren su propia consciencia. Y entonces emergen.